Porque son mis palabras y me las gasto como quiero

. .

No podía dormir, algo se quemaba. Revisé la estufa, el televisor, la azotea del vecino y nada. Salí, caminé un rato, di una vuelta, volteé a las estrellas, y nada. El olor persistía. Regresé a casa. Me rendí. Me metí a la cama, me envolví en cobijas para no oler, ni escuchar, ni sentir, ni nada. Nada. Apreté los ojos obligándome a dormir, y soñar, y justo, justo en ese momento, descubrí que el rugir de los volcanes venía de dentro.


… . .

Yo. Abriría el mar. Aplacaría el temblor. Encontraría el rincón. Arrancaría cabezas sin espada. Yo, con poco talento. Pero yo, yo sí me arriesgaría a ahogarme en miel por un abrazo.


. .. …

Una, dos y mil. Tengo dos. Dos ojos y brazos, y pies, y oídos. Todo yo, partido y unido en dos. Todo yo, sostenido de dos y al mismo tiempo de cuatro. De cuatro ojitos y cuatro pies, y oídos. Cuatro que son dos. Cuatro que al mirarme parecen cien, o mil, o cántaros infinitos de fuerza pequeñita que me bastan para levantarme una, dos y mil veces.


Ya no quiero estar despierto y pensar, pero tampoco quiero dormir y soñar. Hoy pensé seriamente en tirarme por aquella montaña, pero eso es sólo un sueño.